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Paradero

Gustavo Buntinx / Jaime Miranda Bambarén
Meteoro
(Aparición primera)

2018
Madera sobre metal,
frente a la Iglesia Matriz de El Callao, Perú
(Cámara: Ernesto Carozzo)

No me dormí aquella noche al volante. Parpadee apenas. Tan sólo recliné en algo la cabeza. Por un instante. Cuando otra vez la levanté, sin embargo, el camión estaba allí, ominosamente parado frente al semáforo absurdo que la corrupción había impuesto en medio de una carretera de alta velocidad. Llegué a patear los frenos, y tal vez (tal vez) ello fue decisivo. Pero el impacto ─inmenso─ era inevitable.

Serían las tres de la madrugada. De la nada, sin embargo, una muchedumbre relativa emergió entre las penumbras, agitada como hormigas en un bosque incendiado. Alguien llamaba ya a una ambulancia cuando logré forzar la puerta retorcida. Pedí, en cambio, que solicitaran una grúa. Con esa voz casi ajena que provoca el pasmo.

Me contemplaron como a un aparecido.

O como a un zombi: había algo de perplejidad y mucho de temor en aquellas miradas. Mi sobrevida escalofriaba cualquier lógica. La sobrevida nuestra: mi única esposa y mi hija segunda se encontraban también en ese automóvil, acompañándome en el viaje a una fatalidad que alguna providencia extraña había suspendido.

“Dele gracias a Dios que usted manejaba un Peugeot”, me murmuraba después el mecánico amigo, como intentando explicárselo a sí mismo, al recoger los restos. “Debería venderle a la marca esa frase, la historia entera”, intenté bromearle: “buen tema, mejor lema, para una campaña publicitaria”. Ticona sólo esbozó una sonrisa. Su propio argumento no llegaba a convencerlo. Era verdad que aunque el automóvil fuera modesto ─línea utilitaria, catorce mil dólares de inversión al comprarlo nuevo─ su factura europea le obligaba un diseño que privilegiara la preservación de vidas a la conservación de la máquina. De hecho, sólo la cabina interior permaneció intacta. (Y con ella, mágicamente, sobre la ventana, el despliegue sentimental de calcomanías cursis con la representación estereotipada de cada integrante de nuestra familia. Perro y gato incluidos).

Pero la física cuántica del golpe superaba aquellos recaudos. Y cuando hurgamos en el entresijo humeante de lo que había sido un motor todo el sistema eléctrico se nos reveló incinerado.

Entendí así la Verdad de aquel destello que pensé haber alucinado al momento de la colisión. Un fulgor fugaz que debió haber hecho estallar en llamas los fluidos corporales del vehículo, me explicaba el técnico, perturbado. Los combustibles, los lubricantes, el líquido para frenos que el metal exudaba hasta anegarlo todo, en un charco espeso. Algo contuvo a ese instante ígneo, dijo Ticona, con otras palabras. Y nos miraba otra vez, azorado. Como a espectros.

En el carro dormía también una talla inconclusa, que horas antes habíamos liberado del taller de Jaime Miranda Bambarén. Una piedra mediana, blanca, con el esbozo de una figura sacra que prefiguraba tal vez a Buda. O acaso a María. Un enigma.

Talla inconclusa de Jaime Miranda Bambarén,
trasladada del taller del artífice en el automóvl de Gustavo Buntinx,
luego siniestrado durante ese desplazamiento
(Vista frontal y dorsal)

El artífice la había iniciado y abandonado, facetando apenas sus formas esenciales. Estaba al ingreso del recinto, quizá en camino al descarte. Desde allí hirió a mis ojos cuando esa noche acudí al estudio aquel, por otros motivos: culminaba entonces la deriva alucinada que nos llevaría a trastornar la exposición Darśan en Cargo Cult. Como un delirio sobre otro delirio erigido. A cuál más delirante.

En esos trasiegos Miranda me había enviado unos párrafos de las conversaciones entre Joseph Campbell y Bill Moyers, con señalamientos hasta ese momento desapercibidos sobre las asociaciones posibles entre un accidente automovilístico y la iluminación mística. No habíamos hablado de ello antes. Tampoco en esa visita.

Al retirarme del taller aquel bloque sin rostro volvió a mirarme. Lo comenté y Miranda insistió en que me llevara la escultura incierta.

Todavía no sé si fue ese gesto el que propició el siniestro o el que nos extrajo de él ilesos. (Hay algo de luciferino en el porte angelical de Jaime).

Se lo dije. Días después.

Y del diálogo interminable sobre aquella duda surgió Meteoro.

El nombre, claro, jugaba a la asociación lúdica con alguna mitología infantil, televisiva, de bólidos motorizados. Pero a la vez alude a la semiosis cósmica ensoñada desde la pieza injerta que decidimos entonces elaborar.

No una obra de arte sino un ejercicio espiritual.

Como en Pacha kutiq cruz, como en Pacha kutiq wanka, los peregrinajes que en paralelo yo venía compartiendo con Martín Bonadeo entre las alturas andinas de Conchucos y los talleres medievales de artes y oficios allí sembrados por los seguidores de Don Bosco.

Una fuga del arte hacia un Arte Otro.

Un Deseo elusivo. Que para Meteoro no podía, no debía materializarse en una sala, en un salón de exhibiciones. Sólo nueve meses (nueve) después encontró su momento, efímero, al instalarse la chatarra, por nueve días (nueve), frente a la Iglesia Matriz de El Callao, nuestro puerto primordial. Para desde allí invocar el impacto decisivo de un árbol tullido, centenario, gigantesco. Depredado por las fuerzas del Mal y rescatado, redimido, por las del Arte. Un fragmento de muerte pero bullente aún de vida simbólica. E insecta.

Biota rota y elevada al Cielo y de Él caída sobre el metal maltrecho. Ruina sobre ruina, con el clamor inscrito en el entrevero de las raíces, las serpientes agonizantes en la cabeza seccionada de Medusa. Como un Amaru a los pies de la Cruz ─ese otro Madero─ que sobre la Catedral se ilumina y eleva.

Bajo el símbolo ascensional de lo sublime, la alegoría abismal de lo profano, de lo profanado. Transfigurado. Una antena tribal, un tribalismo cyborg. Como en las refinadas tecnonaturas anteriores de Jaime (“Technos / hecho pedazos / pero acogido por Natura”). Con un giro ahora áspero. Que, sin embargo, sugiere además un rezo. Perturbado.

Una ofrenda rara, un ex voto ríspido, una violenta acción de gracias.

Para un culto no nacido, tal vez.

Posthumano.

Pero articulado aún a nuestras devociones esenciales.

A San Pedro, pescador de hombres.

A San Lucas, sanador de cuerpos y de almas. Patrón de médicos y pintores. De artífices y curadores. De toda especie. O laya. (Olaya, dicen, el pescador patriota, nadaba entre El Callao y Chorrillos. En misión mensajera que le ganó el martirio).

A María Santa, que durante aquella semana procesionó frente a Meteoro. Entre bandas y petardos. Sin nosotros haberlo previsto.

La Virgen.

Inconcebida.

Su esfinge, no su efigie.

Su enigma.

El Resplandor.

(Tolstoy es nuestro ancestro).

Detalle de la única ventana indemne en el automóvil siniestrado
cuyo accidente dio origen a Meteoro
(Cámara: Ernesto Carozzo)

Nota bene

Esta narrativa quiere ser verídica, y por ello se reconoce inconclusa.

Son demasiados los contextos adicionales que confluyen en el texto icónico de Meteoro.

También algunos subtextos.

Cierto eco de la "cacería salvaje" de automóviles que erotiza el recorrido final de El lobo estepario de Herman Hesse, por ejemplo.

O, en un registro menor, los "desastres" de Andy Warhol.

Y, de manera más aguda, más explícita, la secuencia de carros impactados que accidentan la obra de Jimmie Durham. Ese falso positivo (ahora lo sabemos) del arte indígena. El gran mitómano del arte.

Como Joseph Beuys.

(Dios escribe sobre renglones torcidos).

 

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