Publicaciones
Pieza del mes Conexiones Bitácora Habla
 
Partes de guerra (Introducción)
 
 

FOTOGRAFÍA es escritura lumínica. La inscripción LUMINOSA de lo que un cuerpo, incluso inanimado, IRRADIA o reverbera. Una instantánea: la imprimación perdurable de una FUGACIDAD irrepetible. Su materialidad es la del orden sígnico que Charles Peirce denominó INDICIARIO, en oposición a lo ICÓNICO: no la representación sino la HUELLA, el rastro físico de una AUSENCIA. Y de sus LATENCIAS.

También HISTÓRICAS. Pocas imágenes lo ponen en tan íntima escena como los registros únicos que ANAMARÍA y KEVIN McCARTHY logran, separada pero articuladamente, de los estragos del COCHE BOMBA con que, hacia las 21:20 del 16 de julio de 1992, Sendero Luminoso DEMUELE todo el entorno de la calle TARATA en el distrito limeño de Miraflores. Manzanas enteras DERRUIDAS, veinticinco MUERTOS, ciento cincuenta y cinco HERIDOS. Y el desconcierto infinito, el GRAN MIEDO, ante la evidencia letal de una GUERRA despiadada que se desplaza del campo a la ciudad. Aún en medio de tantos otros CRÍMENES y crueldades, ese atentado se convirtió en emblemático del descenso de la violencia al CORAZÓN mismo de la clase media.

Y de algunos artífices: allí se encontraba el departamento del piso décimo segundo que fue para Anamaría primero el HOGAR conyugal y luego el ESTUDIO donde inicia su CONVERSIÓN artística a la fotografía, tras quince años de exploraciones cerámicas. En uno de los cuartos vivía entonces su hermano Kevin, CINEASTA incipiente, mientras en la sala principal Rossana Peñaloza conducía clases nocturnas de DANZA.

Un escenario perfectamente dispuesto para el incremento del HORROR. Pero ANSIEDADES intuitivas impulsaron a McCarthy a adelantar un viaje previsto para el 18 de ese mes, partiendo con sus hijos horas antes del ESTALLIDO. Por esa razón se cancela también el curso de baile y hasta su hermano se retira a escasos minutos de la TRAGEDIA, venciendo al cansancio gracias a los insistentes pedidos de compañía por parte del cuñado solitario.

La familia entera elude así la EXPLOSIÓN, pero no el TRAUMA. Aquella noche –y los siguientes días– Kevin permanece entre los ESCOMBROS, resguardando lo que pudo preservarse tras la ONDA EXPANSIVA y los SAQUEOS (acaso tan devastadores como la DETONACIÓN). Apenas la LUZ y el descontrol se lo permiten, inicia la absorción en video del ESTUPOR y el PASMO que sucedieron al terror. A su retorno, tres semanas después, Anamaría hace lo propio, con vistas fijas atravesadas no de CLAMOR sino de MELANCOLÍA.

 
 

Hay un contraste incisivo, conmovedor, entre el registro en BRUTO del material fílmico –jamás editado– y la POESÍA acallada de las fotografías, nunca antes impresas como conjunto. Testimonios OPUESTOS pero COMPLEMENTARIOS. Por un lado, la neutralidad aparente de los lentos PLANOS-SECUENCIA, en sus recorridos inestables por entre las RUINAS, enmudecidas incluso durante las primeras labores de limpieza y reconstrucción. Al otro extremo, la subjetividad SENSIBLE de composiciones quietas, delicadamente construidas respetando la autenticidad de los FRAGMENTOS encontrados.

 
 

Nada de este material ha sido antes expuesto. Demasiado DOLOR. Kevin murió once años después, en Santa Mónica, California, víctima de un conductor senil que a lo largo de varias cuadras confundió el freno con el acelerador, TRITURANDO en el camino a decenas de personas. El primer atropellado fue el videasta. Su esposa fue la última. Todo ello en el EXACTO día en que se conmemoraba la tragedia de Tarata. Como si un KARMA benévolo le hubiera otorgado a Kevin un paréntesis de vida antes de la FATALIDAD de su confrontación con otra demencia, con otro automóvil mortífero.

A mediados de 1993 Anamaría quiso ofrecer sus fotografías a la galería del Banco Continental ubicada sobre la propia calle Tarata. La propuesta no pudo superar los TEMORES institucionales a REPRESALIAS senderistas. El siguiente año McCarthy optó por exhibir reelaboraciones de materiales anteriores que venía trabajando casi a vísperas del atentado, buscando insinuaciones PREMONITORIAS en aquellas tomas de CUERPOS desnudos, atrapados entre bultos y envoltorios, negros o transparentes. Pero el registro de las fotografías que ahora se muestran resulta más complejo y ambivalente. Es una densidad OTRA la que se construye mediante el RECORTE óptico del lente y sus encuadres, a veces complementado por desplazamientos mínimos de los elementos hallados. Recursos ínfimos para una operación FILOSÓFICA, casi benjaminiana, tan compleja como inconsciente: imponer una tensión ARTÍSTICA al DOCUMENTO. A su MATERIALIDAD, a su historia, a LA HISTORIA MISMA.

 
 

Una tensión también ALEGÓRICA. Pero no menos ÍNTIMA por ello. Significativo es aquí el hecho de que todas sean vistas INTERIORES del desastre, privilegiando el detalle de fragmentos DOMÉSTICOS, recompuestos como NATURALEZAS MUERTAS. Prendas PERSONALES, estampas RELIGIOSAS, recordatorios FÚNEBRES. El disco de Bob Marley bajo las manchas SANGUINOLIENTAS sobre la pared. También una burbuja de cristal, en apariencia intacta pero ENTURBIADA por la implosión de sus humores contenidos. Y las astillas que recubren el utensilio ESCOLAR para el trazado pedagógico del mapa del PERÚ. O el grabado antiguo de evocación INCAICA.

 
 
 

Tal vez la imagen crucial sea la aparentemente más obvia. En realidad una puesta-en-ABISMO: la fotografía de una fotografía carné entre las RUINAS. El azar no existe, y es sugestiva su asociación libre a otra toma anterior de Vera Lentz que, sin embargo, sólo una década después adquiriría difusión como figura paradigmática de YUYANAPAQ, aquel decisivo acopio y escenificación de imágenes logrado por la Comisión de la Verdad y Reconciliación.

 
 

Yuyanapaq es en quechua lo que en castellano enunciamos como PARA RECORDAR. Las potencias MNEMÓNICAS de la fotografía, enfrentadas a la REPRESIÓN también psíquica. El sentido, los sentidos, de toda esa AMNESIA. Memoria del olvido: la INCISIÓN dolida del nombre con que Anamaría abarca el conjunto excepcional que ahora por fin se expone. El raro AURA de todo ello.

No sólo imágenes sino también DOCUMENTOS. No sólo documentos sino además RUINAS. Restos, trozos, fragmentos. ESQUIRLAS de luz que impactan nuestra retina desde la OSCURIDAD de los tiempos padecidos. Penumbras que estos DESTELLOS capturan. Y en el mismo gesto DERROTAN.

Gustavo Buntinx

 
 
 
<< Partes de guerra  

Un lento aprendizaje >>

   
     
 
Portada
Partes de guerra
Esquirlas
Un lento aprendizaje
Memoria del olvido
Tarata
Video de Kevin McCarthy
Evocación de Anamaría McCarthy
El atentado de Tarata
 
 
 
 
 
© MICROMUSEO. Lima, Perú. 2007
Diseño y desarrollo: OrtizCastro.NET