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Un lento aprendizaje
 
Yuyanapaq. Para recordar
 

La explosión de la calle Tarata, en Miraflores, tiene una ubicación remarcable en la memoria de la violencia en el Perú. Hay quienes, dejándose llevar por la retórica, sostienen que solamente a partir de ese atentado criminal de Sendero Luminoso las clases medias y altas de la capital tomaron nota del conflicto que desangraba al país. Eso resulta evidentemente falso si tenemos en cuenta que desde muy temprano, en la década de 1980, la prensa nacional reseñaba los asesinatos y desapariciones que venían cometiendo los actores armados. Más justo sería decir que aquella explosión, que cobró la vida de muchas personas inocentes, ha conquistado carácter icónico porque simbolizó el extremo de autoengaño al que había llegado aquella organización subversiva. El atentado de la calle Tarata creó la impresión fugaz, poco meditada, de que Sendero Luminoso estaba a un paso de conquistar el poder nacional; en realidad, fue la señal clara de que, ya perdido el norte estratégico, trataba de desmentir con actos de atrocidad desbocada una realidad que se le había escapado de las manos.

Desde luego, esta consideración sobre el lugar de dicho atentado en el decurso general de la violencia no llega a opacar otra significación más inmediata y rotunda del hecho mismo: su dimensión de sufrimiento, de pérdida, de destrucción de vidas humanas concretas. Hay que hablar, por ello, de la explosión de la calle Tarata como hablamos de las más ominosas matanzas colectivas que se produjeron en el Perú en aquellos años. Como en Lucanamarca, Cayara o Putis, se puso de manifiesto en el distrito limeño de Miraflores el profundo nihilismo de los actores armados de entonces, su plena disposición a convertir la vida humana en medio fungible para la conquista de fines estratégicos.

Al igual que algunos de esos casos, el atentado de la calle Tarata ha quedado registrado en imágenes que todavía hoy nos asaltan y nos golpean como si se refirieran a hechos sucedidos apenas ayer. La imagen tiene, entre sus singulares poderes, el de producir una fuerte sensación de inmediatez. Así, las imágenes que en esta exposición se reproducen —que son el fruto de una vocación donde pasión artística y pasión moral se funden— constituyen, más que recordatorios de un hecho trágico, verdaderos llamados de atención impregnados con toda la fuerza de la experiencia vivida.

Parecería existir una contradicción, o al menos mediar una larga distancia, entre lo sentido como inmediatez y lo trasegado por una conciencia que elabora experiencias y les confiere sentido. No obstante, el arte de la fotografía ha tenido siempre la potencia para disolver esa contradicción y salvar esas distancias. Las imágenes, constituidas en repertorio, actúan al mismo tiempo en el ámbito de lo presente y de lo que es considerado retrospectivamente. Ver y pensar, sentir y meditar, son dos formas convergentes de apropiarnos de un pasado difícil para trascenderlo. Por ello, esta exposición puede ser considerada como la continuación de un lento aprendizaje que es una tarea nacional: la construcción de una memoria donde afectos e ideas, sentimientos y reflexiones se fundan y nos unan en una misma comunidad humana.

Salomón Lerner Febres

Presidente, Instituto de Defensa de los Derechos Humanos
de la Pontificia Universidad Católica del Perú (IDEHPUC)
Expresidente, Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR)

 
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