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Aunque nacido en México (1974) y residente en el Perú sólo desde hace cuatro años, VÍCTOR CASTRO ha logrado insertarse del modo más incisivo en nuestra escena. Ello debido tanto a la inteligencia de sus propuestas como a la complejidad de sus estrategias de SOCIALIZACIÓN del hecho creativo, articulando la elaboración del trabajo a nuevas y antiguas COMUNIDADES.

Un ejemplo visible de esto es la múltiple concepción de sus sitios web, cuyo diseño constantemente renovado supera cualquier voluntad de divulgación para hacer de la CIRCULACIÓN informática de imágenes e ideas parte de la GENERACIÓN de obra. Una obra a ser definida más allá de los sugerentes objetos así producidos: tan importante como ellos es la crucial trama de VÍNCULOS sociales gestados para la obtención de los desechos post-industriales (botellas y tapas de polietireno) que son su materia prima aparente.

Aparente: la verdadera sustancia, la materialidad profunda del trabajo de Castro es la conciencia distinta y la RED SOCIAL que desde él se generan, enlazando amigos y desconocidos, comercios y colegios, en torno a una reelaboración artística y lúdica de compromisos ECOLÓGICOS urgentes. El rigor y la creatividad así desplegados ubican a nuestro artífice en uno de los vértices de aquellas ESTÉTICAS RELACIONALES que en distintos países hoy radicalizan la praxis cultural.

Esa vocación se anuncia en esta muestra desde el propio título que asocia elevadas operaciones científicas a prácticas sencillas pero esenciales de SOLIDARIDAD artística. Con la naturaleza. Con la comunidad. Derivadas MATEMÁTICAS, derivas POÉTICAS. Que son también POLÍTICAS. La ecología como condición TERMINAL de la especie. Y del planeta.

El concepto de límite es precisamente el que separa, dicen, al cálculo infinitesimal de las matemáticas previas (algebra, geometría, trigonometría). Pero es ese mismo concepto el que  ahora se resquebraja ante las demandas del EXCESO. En la sociedad y en la cultura.

La BASURA es ochenta por ciento aire, acota Castro cuando recomienda aplastar las botellas descartables. Como ACCIÓN POLÍTICA, como ACCIÓN DE ARTE. Era Riegl, creo, el olvidado ALOIS RIEGL, quien hace más de cien años postulaba en Viena que el arte surge no de la imitación de la naturaleza sino de sus RETOS. Hoy y aquí diríamos también de sus RESTOS: sus resabios y desechos, transmutados en nuestra naturaleza segunda. O hasta primera. Incluso para la condición ULTRAPERIFÉRICA del paradójico tipo de SOCIEDAD DE CONSUMO al que el Perú con tanta ingenuidad se adscribe. Sociedades post-industriales que no han conocido la industrialización exactamente dicha. Sólo sus consecuencias, sus DERIVADAS. Materiales y simbólicas. Los subproductos, antes que los procesos.

De allí la importancia del énfasis acá revertido en los procesamientos de esos DESPERDICIOS. Una relevancia también HISTÓRICA, por remitirse implícitamente a la instancia fundacional del arte (post)moderno, del (post)moderno arte crítico peruano: las incursiones pioneras de Francisco MARIOTTI y el taller E.P.S. HUAYCO (1980-1982) en la BARRIADA y en el BOTADERO, sus exploraciones radicales en el RECICLAJE.

Hay, sin duda, un homenaje a esas experiencias implícito en las exploraciones de Castro: como tantos, él también escaló la dura cuesta de arena para respirar el AURA de las (casi) doce mil latas (vacías) de leche evaporada sobre cuya herrumbre se erosiona todavía la efigie de SARITA COLONIA, ese rostro místico de la migración emplazado por E.P.S. Huayco en los desiertos de la Carretera Panamericana Sur hace ya veinte y ocho años. Pero no es el aire MESIÁNICO de aquella propuesta el que la obra de Castro exhala, sino la METABOLIZACIÓN contemporánea de esos antecedentes, actualizando procedimientos y referencias para lograr un desarrollo de hálitos propios. No la RADICAL utopía socialista de otrora y sus confrontaciones polares, sino la PRAGMÁTICA reparadora de los estragos provocados por nuestros consumidos tiempos consumistas.

Nuestros tiempos sin embargo aún no consumados. De allí la belleza RESIDUAL y EMERGENTE emanada en estas piezas desde su inquietante analogía formal entre el texto ancestral, la nanotecnología informática y la ingeniería genética. QUIPUS o mantos, CHIPS o circuitos, BIOCÓDIGOS y genotipos: libérrimas asociaciones de formas polivalentes que el artífice además reivindica en la abstracción de su doble PLASTICIDAD. La de su materialidad primera, la de su esteticidad última. Y el riesgo siempre incitante del PRECIOSISMO, tensionando con ambivalencias las promesas SOCIALES de su propuesta.

Pero no es un formalismo vacuo lo que así aflora, sino la ruptura epocal de una incipiente VOLUNTAD DE FORMA, esa neonata VOLUNTAD DE ARTE, ese insinuado KUNSTWOLLEN (Riegl, otra vez) en el que se reconfigura hoy nuestra ciudad plástica. La articulación CRÍTICA de sofisticadas consideraciones estéticas con las abismales condiciones ecológicas de la urbe y con la vasta microeconomía informal de quienes allí sobreviven CANIBALIZANDO los residuos de la macroabundancia ajena.

Los últimos proyectos de Castro implican un compromiso aún más PÚBLICO con esa (in)condición humana. La tarea y el goce de recolectar desperdicios comerciales (“SOY UN RECOLECTOR”, es el nombre de su blog) crean circuitos asociativos de colaboraciones, sobre todo anónimas, para un emprendimiento artístico cuyo proceso es tan importante como las apreciables piezas así concebidas para espacios abiertos de ubicación estratégica. Las incontables personas involucradas se convierten en parte de una obra que trasciende la condición objetual para sugerir una perturbación SITUACIONAL. Y política, en el sentido clásico de la POLIS, ese término griego donde ciudad y ciudadanía se intersecan.

El resultado es una ESCULTURA SOCIAL cuya densidad nueva sostiene y supera el impacto visual de las esculturas materiales. La inquietud que resta es cómo hacer no sólo óptica sino POLÍTICAMENTE tangible esa otra, invisible BELLEZA. Por DERIVAR.

 
 
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