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(Pre)historia
 
 

Era el año 1994 y había la idea de hacer de la Temple una especie de Susana Giménez para un talk-show en la televisión local. Pero en el camino surgió la opción de que la Temple fuera lo que ya es: la madre de todas las divas: Dietrich, Monroe... Me interesaba además capturar el estilo de otros, varios, directores. Visconti, Fellini, el Indio Fernández.

Javier Ponce tenía mucho material de Temple filmado en las discotecas, al igual que fotografías. Se aprovechó todo eso para construir una parodia de los documentales sobre celebridades artísticas. Muchas de las cosas en Anastasha son transcripciones de situaciones reales en las vidas de las divas: fue Libertad Lamarque quien se arrojó de un sexto piso del Hotel Carrera, en Santiago de Chile, dejando lisiado a un dentista. Lo único que cambié fue la fecha, para hacerla coincidir con el golpe de Pinochet. Algún motivo tenía que tener para suicidarse.

Yo no había leído a Bajtin todavía, pero varios luego me señalaron relaciones posibles entre la película y su teoría de la carnavalización. La burla y la sátira como instrumentos de penetración. Usar el canon para desconstruirlo. El idioma supuestamente nórdico de la escena que parodia a Bergman (El séptima otoño, un cruce de El séptimo sello y Sonata de otoño), en realidad mezcla lenguas y se ve entrecruzado por los nombres suecos de técnicos que aparecen en los créditos de sus películas verdaderas.

Trabajábamos desde la precariedad total. En los tiempos libres, sin sueldos ni equipos adecuados. Los problemas con las cámaras acentuaban dramáticamente los efectos de las partes filmadas en blanco y negro, pero los anulaban cuando usábamos el color. No obstante lo asumíamos todo muy divertidamente. Incluso las torpezas, subrayándolas al reivindicar tomas tan malas como las de los fragmentos La violetera y Poseída. Era un proyecto lúdico de amigos rebeldes, en plan under.

No todo fue felicidad, sin embargo. Tal como se dice en la película misma, Temple es genial pero no resulta fácil trabajar con él. Y Ferrando quedó probablemente fastidiado por el abandono del proyecto televisivo. Pero en determinado momento yo quería ya terminar la película, por lo fragmentado y dilatado de su filmación. Estábamos meses en el tema. Decidí cortar por lo sano y editar con lo existente.

Esa versión de 1994 nunca se proyectó en una sala, aunque tal vez sea cierto el rumor de que se la vio en una discoteca gay. Cinco años después, en 1999, le mostré a Edgar Saba el resultado y a él le encantó. Se la proyectó entonces en el Encuentro Latinoamericano de Cine, el Festival de Lima. La había remasterizado para ese fin. Incluso subtitulé una copia al inglés. Es el comienzo de la historia de la película. Hay una prehistoria, en la que circulaban copias de copia de copias, hechas todas en VHS, con las imágenes convertidas en manchas.

En 1999 ingenuamente intenté registrar la película en INDECOPI, pero me advirtieron que primero tenía que adquirir los derechos de todas las melodías. Allí comprendí lo absurdo de mi empeño, sobre todo también por el carácter colectivo de buena parte del emprendimiento.

Pero entiendo la importancia que ustedes le dan al hecho que el proyecto surgiera en un contexto tan opresivo como el que se generalizó en el Perú tras el autogolpe de estado de Fujimori en 1992. La sátira tiene su esplendor en los momentos de mayor represión. Situaciones donde todo estaba en el subtexto y nada en la superficie. Cuando tienes un poder vertical, tienes que penetrarlo de esa manera, con el guiño, con la sátira, con la burla. Estas ideas no las tenía todas trabajadas cuando filmé Anastasha, pero ya allí existían en germen.

 
 
 
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