Diciembre 2015
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Anónimo semi-industrial

[Españas]

¿1920 – 1960?

Cerámica vidriada y hierro forjado
28.5 x 28.5 cm

MICROMUSEO ("al fondo hay sitio")

ESPAÑOLADAS

MEDITACIONES SOBRE UNA CURSILERÍA

El contexto, harto es sabido, hace al texto. Y lo revalora. Y lo resignifica. Y le otorga renovado sentido a nuestras decisiones más inexplicadas, más inexplicables. Nuestros actos fallidos, en los que, sin embargo, subyace como latencia una revelación que espera el momento de su epifanía.

La que, por ejemplo, se me manifiesta en este tristérrimo 27 de octubre, al contemplar una de las piezas menos apreciadas ─por mí mismo─ de la colección de Micromuseo. El artilugio ornamental de un artificio kitsch que probablemente le diera sabor de “Madre Patria” al patio de alguna residencia neocolonial en la Lima de pretensiones señoriales entre las décadas de 1920 y 1950. Una cursilería, una “españolada”, ese “término que suele emplearse de manera despectiva para hacer referencia a determinadas obras artísticas que exageran y falsean el carácter español”, para decirlo con Wikipedia, que en este caso supera la definición más bien comedida ─sosa─ de la propia Real Academia Española.

Una españolada, una cursilería, que siendo muy niño encontré entre los abandonos de la casa recién habitada por mis padres cuando buscaban en el Perú una ilusión de libertad y alegría, varios años antes de 1968. Me era a esa edad difícil comprender el repertorio de tipismos hispanos ─anacrónicos en su concepto y torpes en su confección─ desplegados por aquella articulación forzada de indumentarias y de épocas distintas en un mosaico de nueve azulejos mínimos. Anónimos: no hay marca de procedencia o referencia que procure distinguirlos.

Una integración disgregada hasta en la impericia con que se desatienden las normas elementales de la direccionalidad de los cuerpos y de las líneas de fuga. El resultado es una composición fallida de exotismos diversos, pero todos españoles. Las Españas: hay aquí cierto reconocimiento de la variedad de las culturas ibéricas. Y al mismo tiempo un signo de represión, estetizado por los consabidos hierros curvos que contienen y exaltan la unidad buscada.

Nada en ese ordenado entrevero de manolas, hidalgos, aldeanos, quizás algún torero, suscitaba en mí gracia alguna. Más bien tal vez sí un poco de disgusto. También cierta extrañeza. Acaso por ello conservé esa pieza entonces, y luego en sucesivos trances que sin embargo me forzaron a desvincularme de objetos más queridos. Aferrarme a esa decoración banal fue una decisión tomada siempre a desgano, pero con curiosa persistencia.

Aquella fijación, sin embargo, pareciera encontrar algún sentido en el sinsentido de este tristérrimo 27 de octubre, ante el espectáculo abismado en el que la erosión prolongada de España desemboca de manera súbita en un quiebre. O en su simulacro. Una fractura hiperreal en cuyo absurdo se atisba el síntoma de un agotamiento histórico más amplio. Una fatiga de materiales. Demasiado humanos: el desgano vital de Occidente. Una sociedad amagada siempre ─como todas─ por injusticias y contradicciones, pero a la postre plena también de libertades y prosperidades inéditas. Únicas en la historia entera de la humanidad.

Un precario pero formidable concierto de diferencias, aunadas en sus momentos gloriosos por la tolerancia. Un logro civilizatorio que ahora regresiona hacia las pulsiones más pueriles y autoritarias ─de “izquierdas” y de “derechas”─ en acecho permanente desde las cavernas del oscurantismo nacionalista. Feudopostmoderno.

Por decirlo en refractados términos lacanianos: es como si todo el Thanatos de lo Real se desbordara para asfixiar en sus lodos al Eros de lo Simbólico. Y entonces, en ese ahogo, cobra un inesperado viso la miseria artística y la dispersión icónica de esta penosa mayólica. Una conciencia distinta asoma en su yuxtaposición impensada de identidades y tiempos diversos. Un goce ─no importa cuán comercial o empobrecido o comprimido─ de la diferencia. Un reconocimiento del otro en nosotros. Y viceversa. Como la España varia y única que, sin embargo, hoy se olvida a sí misma. Y a su historia. Pasada y por venir.

La gravedad de los tiempos les otorga así un brillo distinto a los esmaltes baratos de esta imagen anodina. Un imaginario que fue convencional, conservador, cursi, incluso represivo, se nos sugiere ahora ─en este tristérrimo 27 de octubre─ como el recuerdo melancólico de una tolerancia perdida.

El contexto hace al texto.

Y lo retuerce.

(Este escrito tal vez lo pruebe en demasía).

 

Gustavo Buntinx

 
     
     
 
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