LO IMPURO Y LO CONTAMINADO: Pulsiones (neo)barrocas en las rutas de MICROMUSEO ("Al fondo hay sitio")
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Transfiguraciones místicas (Teratología sacra)
 
 
 

O mesiánica. Existe igualmente un ansia de redención en esas visiones terminales y aquellas narrativas de sufrimiento. Como en las fluorescentes artesanías carcelarias diseñadas por Márquez desde el calabozo donde fue confinado por la dictadura durante casi cuatro años (1994-1998), hasta el hallazgo de su inocencia en la comisión especial de indultos identificada con el padre Hubert Lanssiers.(18)

Una búsqueda de la verdad que se desplaza hacia el Sagrado Corazón o la Santa Faz. En las prisiones y fuera de ellas. Hay un paralelo implícito entre los Cristos agónicos pintados en las ciudades de la selva por un ex-convicto como Lu.Cu.Ma. y los trémulos y desorbitados ofrecidos en las calles de Huamanga (Ayacucho) por Fredy Ortega, ese policía que prefiere firmar sus cuadros como Inkari (Inkarri).

Latencias y compensaciones míticas de un vacío histórico, actualizadas hasta la banalización por las reelaboraciones de esas creencias en los discursos más radicales del ambivalente régimen militar conducido entre 1968 y 1975 por el general Juan Velasco Alvarado. De la frustración de esas ilusiones emergerían las más extremas fantasías políticas. También místicas.

 
 
 
 
 

Místicas también: en torno al invisible rostro de Dios se genera una tormenta de representaciones cuyo último vórtice erudito podría encontrarse en la sobria, la insólita Verónica sin rostro de Manuel Moncloa (2005-2006). Tras la alusión hermética a profundos conceptos teológicos (Deus absconditus, el dios escondido), en ella asoma también un comentario discreto a la metástasis icónica que satura nuestra contemporánea religiosidad popular. Verónicas invertidas. Crucificados sin cruz o ilustrando una insólita tarjeta navideña, bajo el impensado lema de “Noche de Paz”. O eróticamente clavados a sugestivas conchas marinas.

Jesús transmutado en reloj (Tiempo santo: Cristo da la hora) o travestido de Virgen según el ángulo desde el que se lo mira (milagros taiwaneses de la tercera dimensión). Y esos artefactos facetados que exhiben a la santa no reconocida de la migración andina (Sarita Colonia) en simultáneo con el mesías europeo y el criollo (el Señor de los Milagros).

 
 

Niños lumínicos y Marías sicodélicas, junto a representaciones más anárquicas como pirámides coleópteras y el utilitario memento mori de una barata alcancía calavérica (de yeso pintado). O el totemismo interprovincial de guardafangos que resguardan la tracción de ómnibus y camiones con un despliegue rutilante de serpientes míticas, aves rapaces y felinos rampantes, rompiendo a veces cadenas.

 
 
 

Una religiosidad perversa-polimorfa, en el sentido denso formulado por Freud para esa categoría no prejuiciada ni valorativa. Al igual que en la muy temprana sexualidad infantil, el goce místico se escurre por entre todos los recovecos y extremos de nuestra corporalidad (espiritual). El resultado es un derroche de imágenes en constante mutación. Actuales y pretéritas. Como en esa hiperbólica iconografía ayacuchana que triplica el vero ícono sufriente de Jesús sobre el paño de la Verónica. O en el tránsito colonial de la Trinidad de Tres Cristos Iguales a los Cristos trifaciales en que Teresa Gisbert y otros insinúan también la posibilidad de algún referente prehispánico.(19)

 
 

En 2004 tres artífices vinculados al proyecto A Imagen y Semejanza (AI&S) (Alex Ángeles, además de Lamas y Valdez) ensayan una interpretación circular de esa iconografía. Una Trinidad esférica con las manos cruzadas de Kotosh (aquel enigma irradiante de la ritualidad prehispánica) ubicadas sobre el cruce cardíaco de las leyendas que en otro cuadro qosqeño (cusqueño) del siglo XVIII cifran el misterio de la Divinidad Una y Trina.(20) Portentos óptico-conceptuales de un sincretismo prohibido en Europa desde el Concilio de Trento (1545-1563) y luego en 1628 y en 1745. En la América llamada ibérica, sin embargo, esas trasgresiones icónicas alcanzan una compleja y prolongada nueva vida, despertando adhesiones tanto sofisticadas como populares. También condenas oficiosas, como las emitidas en Nueva España (México) por el calificador de la Inquisición Domingo de Gandarias, al resaltar entre las iconografías católicas “otras […] reprobadas o condenadas, como la de una figura humana con tres caras o tres cabezas […] más monstruos que imágenes de la Santísima Trinidad”.(21)

 
 
 
 

Teratologías sacras cuyo poder de fascinación se prolonga hasta nuestros días. Incluso en las representaciones políticas de vocación revolucionaria y laica: hay una probable inercia simbólica de tipo religioso –no menos poderosa por inconsciente– en la efigie tricefálica de José Carlos Mariátegui que en 1984 le dio emblema a la fusión de igual número de organizaciones de izquierda en el Partido Unificado Mariateguista (PUM).

 
 

Transfiguraciones místicas que se desbordan hacia el ancestral culto a los muertos. Hasta el punto de rebasar también las fronteras comerciales y arqueológicas al propiciar la veneración aparente de los macabros souvenirs –llaveros, afiches, muñecas– con que se propagandiza el exhibicionismo obsceno de la Dama de Ampato, la Ampato colla, la aberrantemente llamada “momia Juanita”: esa niña incaica sacrificada hace siglos a la tierra y a sus erupciones, pero ahora profanada por la espectacularización de algunos medios, ciertos museos, varios políticos (Fujimori el primero).(22)

 
 
 

Tras esa manipulación numerosos artífices intuyen un escándalo a ser confrontado. Entre ellos Susana Torres: invitada por la galería artística del Instituto Cultural Peruano Norteamericano a participar en una reseña histórica del accionismo, a principios de 2005 ella desplaza su intervención hacia el gran vestíbulo público de esa también academia de inglés, frecuentada por usuarios mesocráticos y populares. Crucial para el sentido de la (in)acción fue el título escogido de Mallki: bajo la densidad de ese término quechua se acumulan los sentidos en apariencia contrapuestos de momia, feto y semilla. Como en la exhibición desnuda que Torres entonces hizo de su cuerpo voluminosamente gestante en una cesta y una vitrina arqueológicas, sometida al asombro y la admiración –también la insolencia– de millares de “miradas inocentes”, provocadas así al reconocimiento inconsciente de un sacrilegio.

 
 
 

Un sacrilegio y por lo tanto también la posibilidad siempre latente de una reparación. Bajo el nombre de Yo no me llamo Juanita, a fines de ese mismo año Micromuseo organizó sobre el tema la exposición colectiva para la que Carmen Reátegui elaboró una ofrenda o pago-pagapu con hojas de coca y piedras de Huamanga (de Huamanga) talladas con ruda delicadeza en forma de papas. Tubérculos marmóreos evocativos de hielos y chuños (harina de papa congelada). De la fructificación de la tierra y de la resurrección de sus culturas reprimidas, tiernamente (des)envueltas en una rústica bandera peruana, asociable también a la impresionante lliclla (manta) cuyos sorprendentes colores rojo y blanco protegían de los fríos eternos a la doncella inca. La niña cuyo fulgor sacrificial se insinúa aquí en los destellos de una solitaria papa vegetal, bañada en pan de oro pero casi en su totalidad oculta por los alabastros que la rodean. Como una promesa de sanación germinal.(23)

 
 

La explotación comercial de la Ampato colla, sin embargo, es también la otra cara de íconos y devociones tan impactantes como los de la Santa Muerte mexicana o el qosqeño (cusqueño) Niño Compadrito: un esqueleto supuesto de un supuesto púber o infante que algunos más bien identifican con la osamenta de un simio. En la década de 1970 la condena a su culto, emitida por un obispo identificado con la Teología de la Liberación, motivó no sólo el pase a la clandestinidad del Niño sino también su transformación corpórea mediante el añadido de pelucas castañas y ojos azules de cristal: cirugías cosméticas cuya pretensión de embellecimiento "extranjerizante" acentúa la inquietante extrañeza de una imagen que se asume así más milagrosa a la vez que grotesca. Paradojas inscriptas en la mirada vacía y cerúlea de su rostro estratégicamente recortado por Lamas en una nueva (2005) pintura de formato circular concebida para Del Cielo & del Infierno, otra exposición del proyecto A Imagen y Semejanza (AI&S).

 
 

¿Cuál es la semejanza, la fascinación reflejada por tales imágenes de horror o desconcierto? Una vocación de alteridad, un principio de ambivalencia y excepcionalidad podría actuar en estos ídolos, blasonados por sus deformidades. Como en esas perlas irregulares para cuya descripción los portugueses parecen haber acuñado la palabra “barroco”. Como en el perturbador Ángel de rasgos contrahechos y atributos sexuados, demoníacos casi, que en 1991 talla Antonio Pareja, un migrante andino iniciado en la escultura por el trabajo de conserje hasta hoy mantenido en la Facultad de Artes Plásticas de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Viendo esta y otras obras religiosas –suyas y ajenas– es inevitable pensar en los illas, esos seres o elementos trastornados a los que los campesinos adjudican el roce divinizante de un relámpago.

O de un relumbre. “Illa nombra a cierta especie de luz”, escribe José María Arguedas en Los ríos profundos, “y a los monstruos que nacieron heridos por los rayos de luna”:

"Illa es un niño de dos cabezas o un becerro que nace decapitado; o un peñasco gigante, todo negro y lúcido, cuya superficie apareciera cruzada por una vena ancha de roca blanca, de opaca luz; es también illa una mazorca, cuyas hileras de maíz se entrecruzan o forman remolinos; son illas los toros míticos que habitan el fondo de los lagos solitarios, de las altas lagunas rodeadas de totora, pobladas de patos negros. Todos los illas, causan el bien o el mal, pero siempre en grado sumo. Tocar un illa, y morir o alcanzar la resurrección, es posible".(24)

 

El terror sagrado, siempre a punto de emerger y manifestarse aún de modo inconsciente o involuntario. Como en la difusión periodística del nacimiento de una llamada “niña de tres cabezas” en Uchuraccay –en Uchuraccay– durante el momento preciso en que corrijo estas líneas.(25) Tras esas coberturas a veces sensacionalistas se insinúan los restos diurnos de un ensoñamiento mítico. Una religiosidad fragmentada pero proliferante, incluso en el sentido aglutinador que ciertas etimologías le otorgan al propio concepto de religión cuando se le vincula a la locución latina religare. Tal vez hay un aura aún vigente en los Cristos trifaciales y en la Trinidad de Tres Cristos Iguales. Un ansia de totalidad recuperada desde el propio reconocimiento de la fractura y de la diferencia.

 
 
 
Notas
 

18. Márquez fue acusado de apología del terrorismo y colaboración con subversivos, por lo que un ilegal tribunal sin rostro lo había condenado a veinte años de prisión. Poco antes de su excarcelación Márquez realizó un cuadro decisivo que también se ubica en las coordenadas del (neo)barroco: La Pachakuti (Like a Virgen). Para un desentrañamiento de los sentidos superpuestos en esta obra y en su nombre trilingüe, véase: Buntinx 2005e.

19. Gisbert 1980: 88-90, y sobre todo la yuxtaposición visual de las fotografías 85, 86 y 87 (s.p.). Mujica (Mujica et al., 2002) marca

 

discretas pero sensibles distancias con esas interpretaciones, aunque al mismo tiempo publica una “trinidad precolombina” de procedencia Chimú junto a la trinidad entronizada ya discutida (:38-39).

20. Para un análisis del cuadro colonial, véase: Majluf, Makowsky y Stastny 2001: 168 -169.

21. Cit. en Mues Orts 1998. El énfasis es mío.

22. Debo al arqueólogo Pedro Pablo Alayza la sugerencia del nombre Ampato colla al momento de proponerle la búsqueda de un apelativo más acertado y digno para la mal llamada “Juanita”. La palabra quechua colla alude a una mujer de estirpe real.

23. Buntinx 2005d. La frase “Yo no me llamo Juanita” proviene de una obra pionera (1998) de Fernando Bryce, incluida en la exposición e incorporada a Micromuseo algunos años antes.

24. Arguedas 1983 (1958): 62. “Illa no nombra la fija luz, la esplendente y sobrehumana luz solar. Denomina la luz menor: el claror, el relámpago, el rayo, toda luz vibrante. Estas especies de luz no totalmente divinas con las que el hombre peruano antiguo cree tener aún relaciones profundas, entre su sangre y la materia fulgurante” (: 64).

25. Ajá 2007a y Ajá 2007b.

     
     
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Bibliografía citada
 
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