Nuestros tiempos siempre expectantes. Hay un aura estremecedora en los modos cómo a partir de 2002 el proyecto precisamente denominado Katatay (“temblar”, en quechua) conjuga las dos acepciones del verbo esperar –la temporal, la desiderativa– al vincular el acto de aguardar y la ilusión del reencuentro con el ser querido y desaparecido.
Un ansia actual y política articulada por Alfredo Márquez en clave ancestral y mesiánica desde el cruce irradiante de un célebre poema de José María Arguedas con los testimonios recogidos por la Defensoría del Pueblo. Palabras que superponen su gravedad mesiánica a luminosas imágenes, solarizadas en negativo, donde se reproducen supuestas fotografías-carné del buscador y del buscado (madre / hijo, hermana / hermano).
Pero esas semblanzas no son tomadas de los documentos oficiales sino de registros aleatorios encontrados en los basurales del Centro Histórico de Lima. Una generalización fenotípica de identidades en crisis a ser idealmente dispuestas en los espacios publicitarios de los paraderos de transporte público: el ámbito paradigmático de la espera más rutinaria y banal, transmutado en un escenario ritual para la taumaturgia. |