LO IMPURO Y LO CONTAMINADO: Pulsiones (neo)barrocas en las rutas de MICROMUSEO ("Al fondo hay sitio")
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Construir no es edificar
 

“Small is beautiful” debe en el Perú entenderse además como “small is viable”: sin casi presupuesto ni salarios, Micromuseo viene cumpliendo una tarea en la preservación, investigación y promoción de nuestra cultura crítica. También, espero, en la recuperación de la auto-estima ciudadana. Y en lo que a veces he llamado el empoderamiento de lo local. Logros aún insuficientes que, sin embargo, podrían ser productivizados por otras iniciativas interesantes. Propuestas mejor financiadas pero a veces lastradas por una obsesión, una fijación inmobiliaria, que agota innecesariamente todas sus energías y recursos. Con el riesgo, además, de crear una instancia nueva de esa trágica metáfora nacional que Gonzalo Portocarrero y Patricia Oliart supieron ver en los siempre inacabados edificios de nuestras paupérrimas escuelas públicas: la ruina prematura de algo nunca acabado.(15)

El problema está en percibir el vacío museal como una carencia estrictamente museográfica, en vez de como un complejo desafío museológico. Contra lo que entre nosotros se suele creer, un museo no es un edificio sino -en esencia- una colección y un proyecto crítico. No un lugar sino un espacio: social, cultural, cívico. Político, en el mejor sentido del término.

Hay cierto materialismo vulgar en la lógica opuesta que, tras la idea crucial de infraestructura, llega a percibir tan sólo una planta física. Principalmente concebida, además, como receptáculo para las itinerancias de muestras euronorteamericanas. Una didáctica demostración de lo que Justo Pastor Mellado califica como “curaduría de servicio”: aquélla que se propone como funcional a la reproducción en la periferia de la musealidad globalizante del sistema cosmopolita.(16)

A diferencia de esa práctica mimética, Mellado propone la actitud independiente del “curador como constructor de infraestructura”, en un concepto complejo que involucra a esta última categoría con nociones críticas de la historia, del arte, del coleccionismo, del archivo. Y de la musealidad misma. Y de lo social erigido a través de sus elaboraciones de sentido.

Temas todos inscritos en la propia proyección de la presencia fáctica del museo, de su materialidad, latamente entendida. “El hecho de decidir la construcción de un museo, en nuestra región, es una intervención en el trabajo de historia”, acota con precisión Mellado: “Suele ocurrir que se confunda construir un museo con edificar un museo. La edificabilidad tiene directa relación con la exhibición del proceso de conversión de su concepto, en soporte de interpretación de la historia. En este sentido, es muy probable que se construyan museos, pero sin que se edifiquen, ni tampoco, edifiquen, en el sentido de educar.”

Esa edificabilidad deficiente es la que pareciera minar algunos proyectos ambiciosos. Y pudiera continuar haciéndolo aún si sus últimos esfuerzos por materializar un receptáculo tienen finalmente éxito: no es erigiendo una sede que el vacío museal peruano será resuelto. Construir no es edificar.

Resulta por cierto indiscutible que, aún con estos reparos, también una institucionalidad convencional en los hechos actuante podría cumplir tareas útiles y necesarias. Para ser genuinamente contemporáneo, sin embargo, un museo debería además abrigar la fantasía de cumplir con la promesa anunciada por el insolente grabado de E.P.S. Huayco: vincular a los sectores medios e intelectuales con las amplias categorías de lo popular y de lo subalterno que redefinen hoy el significado mismo de vivir en una megalópolis nueva como Lima, tal vez el laboratorio cultural más importante de las periferias extremas en América Latina.

Pero no se trata aquí de cuestionar una u otra iniciativa museal: todas serán siempre bienvenidas en el páramo de nuestra empobrecida escena. Más bien se aspira a potenciarlas friccionándolas con la libido distinta de una radicalidad otra, abocada al reconocimiento e instauración de la criticidad, entendida como instancia crucial para cualquier emprendimiento de este tipo.

La criticidad, el proyecto crítico y transformativo de nuestra historia del arte. Y de nuestra historia a secas. En los inevitables desplazamientos entre una y otra categoría la imagen del microbús se nos ofrece otra vez como una de las figuras culturales por excelencia de nuestros promiscuos y tugurizados tiempos. Tiempos hechos chatarra, pero en movimiento.

Lleva, lleva.

 
Notas
 

15. Portocarrero y Oliart 1989.

16. Mellado 2001.

     
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Bibliografía citada
 
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