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Alianza y lucha

 
 

La exposición Takanakuy. Puñetes y patadas a 3600 m.s.n.m. surge de una poderosa iniciativa de sus curadores –Daniel Contreras y Sophia Durand– que se integra ejemplarmente a los prolongados esfuerzos de Micromuseo por indagar en los orígenes y expresiones culturales de las múltiples violencias peruanas. También por cuestionar las fronteras de lo incorporado al formato exhibible de lo artístico.

Se trata de un impresionante despliegue de elementos y registros vinculados a las peleas rituales celebradas durante cada Navidad en el poblado de Santo Tomás y en el aledaño caserío de Llique, en las alturas de Chumbivilcas, distanciados de la ciudad del Qosqo (Cusco) por trece arduas horas de dudosa pista y de trocha dizque carrozable. Obtenidos en 2007 por Contreras y Durand los letreros, ropajes, fotografías y videos que conforman esta muestra recorren y revelan muy diversos aspectos de la celebración sangrienta de decenas de retos y duelos individuales alentados por la festiva multitud que especta e incita y participa.

El conjunto ofrece así una oportunidad excepcional para adentrarse en este ritual complejo, tan significativo como casi inexplorado. Los textos especialmente producidos para la exposición consignan los pocos y meritorios antecedentes de investigación, algunos de los cuales procuran establecer analogías con el paradigmático taky onkoy, aquella taumaturgia colectiva a través del baile que tuvo tan profundas consecuencias culturales y políticas en el siglo XVI. Algunas de éstas –dicen– se ven prolongadas hasta nuestros días en manifestaciones como las de la danza de tijeras. O el propio takanakuy.

Tales paralelos se ven aquí enriquecidos por el contraste con la tragedia griega sugerido por el antropólogo Harold Hernández en el notable ensayo especialmente realizado para este proyecto, donde opone las violencias reguladas del takanakuy a las desmedidas que enfrentaron a Eteocles y Polinices, los hermanos enemigos cuya rivalidad terrible adquiere dimensiones mortales en la clásica obra de Esquilo, Los siete contra Tebas.

A diferencia de la derrota universal implícita en ese drama (ambos combatientes mueren), el takanakuy generaliza el triunfo, incluso para los perdedores, al contener y encauzar la violencia entre paisanos. Un ritual paradójico cuya esperanza sería propiciar, a través de la lucha, nuevas alianzas. "El takanakuy es la buena violencia que expulsa la mala violencia", sostiene Hernández: "Y en ese sentido hay una función catártica de las peleas y del flujo o reciprocidad de violencias". Una violencia que también repara y une, según la visión complementaria de los curadores Contreras y Durand, para quienes "se trata de un rito en el que, a través de puñetes y patadas, se dirimen las cosas: se afianzan o terminan las relaciones, se pierde una mujer, se gana un hombre, un caballo, una vaca, un pedazo de tierra. En resumen, una catarsis colectiva que anualmente ajusta, regula, los engranajes de esta sociedad campesina". La dialéctica como disciplina corporal.

Por supuesto los autores últimos y también Hernández previenen sobre el riesgo de utopizar situaciones de alta ambivalencia como las que el takanakuy realiza y procesa. Pero más allá de esos recaudos quedan evidencias importantes para la comprensión distinta de la violencia en la que a los peruanos se nos va la vida. A veces demasiado literalmente, pero también en un decisivo sentido figurado y cultural: a la importancia tanto testimonial como teórica de los aportes reunidos por esta muestra se le suma el impacto también formal y artístico de las precisas fotografías y videos de los curadores, expuestos junto a los llamativos carteles y atuendos creados por los campesinos para sus propias necesidades de expresión y representación.

El conjunto así logrado fricciona las categorías discriminadas que suelen segregar a nuestra praxis cultural en absurdos compartimentos estancos. Entre tantas otras cosas, esta muestra propone un avance adicional en las arduas batallas libradas por Micromuseo por la desjerarquización de cualquier noción mistificada de arte, reintegrándolo sin privilegios a la condición más amplia de cultura material de la que necesariamente forma parte. Alianza y lucha también de imágenes.

En ese espíritu, la exposición abrió sus puertas con un despliegue actualizado de cantos y bailes, retos y duelos, realizado por los bravos hijos de Chumbivilcas radicados en Lima, quienes desbordaron nuestro PARADERO HABANA para también alterar con sus músicas y sus ropajes tradicionales las cosmopolitas calles de Miraflores. Deliberadamente los curadores de la muestra y demás integrantes de Micromuseo evitaron tomar la palabra o controlar el protocolo de aquella inauguración insólita, cediendo así no sólo el espacio sino además la propia iniciativa cultural: un acto deliberado de empoderamiento de los migrantes andinos, que se presentaron como dueños y protagonistas cabales de la noche.

Por cierto, aunque sin proponérselo, Micromuseo programó este ritual para una fecha que marca los doscientos veintiocho años de la sublevación de Túpac Amaru II.

El azar no existe.

Gustavo Buntinx
Chofer
Micromuseo (“al fondo hay sitio”)

 
 
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