Octubre 2009
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Sandra Gamarra / LiMAC

El Museo de Arte borrado
(
d’aprés Emilio Hernández Saavedra, 1970)

2008-2009
Óleo sobre tela 220 x 200 cm.

MICROMUSEO ("al fondo hay sitio")
Donación: Sandra Gamarra

Obra especialmente comisionada
al LiMAC (“Museo de Arte Contemporáneo de Lima”)
por MICROMUSEO (“al fondo hay sitio”)
para la exposición Lo impuro y lo contaminado III en la Trienal de Chile

Bandera VI
 

Lo diré otra vez: Lima es casi la única capital latinoamericana que ostenta la ausencia funcional de un museo de arte exclusivamente contemporáneo. O siquiera “moderno”. Nuestro gran vacío museal.

Ya en 1970 Emilio Hernández supo prefigurarlo al utilizar un catálogo como soporte de obra para El Museo de arte borrado: una fotografía intervenida en la que el entonces tradicional y genérico Museo de Arte de Lima desaparece del contexto urbano dejando como huella un elocuente recorte en blanco.

 

 

Un vacío. A ser colmado. Culminado: para entender el vacío museal peruano es necesario hurgar también las museotopías construidas sobre esa falta, esa ausencia, ese abismo.

Ese hueco: el vacío museal puede también ser eróticamente percibido como algo que clama por ser llenado. Donde hay un vacío hay un deseo. A veces realizado. Como en los replanteamientos críticos de esta imagen y otras de Hernández en la muestra Restauración / No restauración que a fines de 1990 subvirtió los pseudo-renacentistas espacios del Museo de Arte Italiano. Podrían también enumerarse varias iniciativas posteriores. Pero lo aquí pertinente es el desarrollo múltiple del LiMAC (“Museo de Arte Contemporáneo de Lima”), concebido por Sandra Gamarra mediante una ficción en internet que se prolonga fácticamente hacia pinturas propias de obras ajenas así incorporadas a este museo imaginario y personal. O a museotopías otras.

Es el caso de la gran versión en untuoso óleo-sobre-tela de la ironía gráfico-conceptual de Hernández, un cuadro especialmente comisionado al LiMAC por MICROMUSEO como una de las piezas icónicas para Lo impuro y lo contaminado III: la exposición que inauguramos este 7 de octubre en la Trienal de Chile rebasando los dos pisos y el gran ingreso y el enorme patio del Museo de Arte Contemporáneo de Santiago. Un escenográfico marco arquitectónico que exalta las fricciones del trabajo de Hernández, potenciado en incisivos términos actuales por el de Gamarra.

Fricciones también con algunos sistemas anteriores de esta última artífice, por lo general concentrados en la apropiación pictórica no de obras originales sino de sus reproducciones en libros y postales. Una opción deliberada cuya criticidad lúdica se exacerba ahora al necesariamente invertir sus procedimientos para re-producir como pieza única esta imagen cuyo original es una copia. Un folleto offset deliberada y borrosamente impreso en modesto blanco-y-negro.

“Defectos de origen” que el pincel de Gamarra preserva con un casi preciosismo. Un virtuosismo técnico exaltado por la superposición de dos registros aparentemente opuestos de seducción plástica: el contraste entre la limpia ilusión fotográfica ofrecida por esta pintura a la distancia, y el contenido desborde de fluidos y brochazos que perturban su visión cercana.

Aunque resulte ahora imposible evidenciar en resolución web tales detalles, ruego atención al subtexto íntimo de esos derrames pictóricos que exceden al pulcro recorte del perfil museal para humectar al lienzo casi entero con una película lechosa. Una lechada tan sutil como incitante, gestualmente corrida encima de la composición más amplia. Como una descarga corporal que salpica la sobria ironía intelectual de Hernández.

Se necesitaba esa suciedad actual, esa turbiedad final en el chorreado de lubricidad pictórica sobre lo sugestivamente austero del referente impreso. Parte de un imperativo plástico mayor que además amputa de la imagen original la frase inscrita como descripción o título. Y resalta el otro recorte de un monumento fálico (a Miguel Grau, justamente) en el borde inferior del mismo documento.

Tales raptos son, sin duda, una marca de época sobre todo lo pasionalmente transcurrido desde el conceptualismo frío de hace cuatro décadas. Pero al mismo tiempo actúan como contrapunto y culminación para el complejo erotismo religioso en las realizaciones previas de la serie Milagros (2007-2008) con que Gamarra subvierte la banalidad también artística de nuestra pornocracia actual. Pulsiones místico-libidinales que desembocan ahora en esta obra mayor contra nuestros aminorados, nuestros profanados tiempos.

Dios existe.

Gustavo Buntinx

 

POST-DATA. Esta pintura fundacional se asocia a otras que Sandra Gamarra viene elaborando sobre las museotopías peruanas. Entre ellas la interpretación pictórica de una fotografía del Museo Hawai de Fernando Bryce. Dos señalamientos: ese cuadro ha sido preadquirido por el Museo de Arte de Lima (precisamente). Y la imagen escogida registra la primera exhibición pública de aquel proyecto, montada por el artífice a principios de 1999 en la Casa Museo José Carlos Mariátegui, como parte del “Gran Acto Político Cultural” allí concebido y organizado por MICROMUSEO*.

El azar no existe.

* Esa iniciativa de MICROMUSEO acompañó la presentación del número 16 de la revista Márgenes (SUR: diciembre de 1998) con performances, exposiciones y conversatorios vinculados a la lucha ascendente por el derrocamiento cultural de la dictadura de Fujimori y Montesinos.

 
 
     
     
 
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