La apuesta de Micromuseo por una musealidad mestiza, una musealidad promiscua, implica la deliberada mezcla y combinación de los objetos más diversos: “artísticos”, “artesanales”, “industriales”, “documentales”… Algo de esa amplitud se puso en escena museográfica durante la exposición Tres al cubo – Trinidades apócrifas, que en enero de 2009 Micromuseo organizó en alianza y lucha con el proyecto A Imagen y Semejanza (AI&S) para la sala Germán Kruger Espantoso del Instituto Cultural Peruano Norteamericano, en el distrito limeño de Miraflores.
Entre la diversidad de piezas allí exhibidas –prehispánicas, coloniales, contemporáneas– se encuentra un ceramio popular de difícil datación, por responder a tradiciones y producciones que en ciertas zonas apartadas logran a veces mantenerse durante muchas generaciones, como señala Jaime Liébana, reconocido experto en estos temas. A partir de detalles como el cuello con formas vagamente asociables a las de los aríbalos incaicos, él considera que esta obra puede haberse confeccionado en cualquier momento entre principios del siglo XIX y mediados del XX. Es a fines de 2006 que ella fue adquirida por el artífice limeño Ángel Valdez a un anticuario ambulante en el mercado de Chinchero, Qosqo (Cusco).
Se trata de un cántaro pequeño y oscuro cuya factura tosca permite, sin embargo, reconocer tres cabezas de puma –o de amaru, esa híbrida deidad andina– en las protuberancias que emergen del frente y de cada costado del ceramio. Amarres de cuero completan la pieza. Es inevitable la asociación libre –y acaso arbitraria– con la colonial Casa de los Tres Pumas en la calle Q’achochuño de la ciudad del Qosqo (Cusco), cuyo registro fotográfico realizado por Martín Chambi publicamos al final de esta nota. ¿Podría especularse sobre un imaginario compartido entre ambas representaciones?
El relato ofrecido por el vendedor del cántaro le adjudica usos rituales de protección en caseríos de altura, donde aparentemente se solía colmar a este tipo de recipientes con chicha u otros licores para luego ubicarlos sobre la puerta de ingreso al hogar, bajo la creencia de que la mirada omnividente de los felinos ahuyentaría a las intenciones malignas y a los malos espíritus. Esta práctica habría caído en desuso, persistiendo en cambio la costumbre de colgar envases de chicha y agua bendita (fiesta y espiritualidad) en los brazos de la cruz que todavía se estila colocar sobre los tejados en algunos poblados.
Tales versiones deben, por supuesto, someterse a verificación más estricta. También con ese propósito publicamos este objeto tan peculiar como pieza del mes, en el momento exacto (24 de marzo de 2009) en que la exposición Tres al cubo llega a su fin. Sirva además nuestra escogencia como agradecimiento a Valdez, quien donó la obra a Micromuseo y cuya iniciativa pictórica fue crucial para la realización de esa compleja muestra.
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