Al argumentar que el (neo)barroco es un horizonte cultural decisivo (no el único) para nuestros tiempos terminales, Micromuseo ha siempre distinguido sus dos vertientes, en apariencia opuestas pero al final complementarias. Una de matriz erudita atravesada de referencias religiosas andinas, y otra que se estructura en torno a la visualidad desbordante de nuestra (post)modernidad popular, especialmente en su experiencia amazónica.
Ambas, en realidad, se superponen e interpenetran, con goces y dolores compartidos aunque no siempre patentes. Entre las representaciones que lo ponen en incisiva evidencia está la identificación de la figura crística con la de enfermos marginales afectados por el VIH. En torno a ella Ángel Valdez y el proyecto A Imagen & Semejanza (AI&S) elaboraron el año pasado un ambicioso programa pictórico que se exhibe ahora con Micromuseo en el Instituto Cultural Peruano Norteamericano (ICPNA) de Miraflores, en Lima. Vida / Pasión & Muerte: un despliegue actualizado de referencias coloniales que, sin embargo, encuentra sugerentes resonancias en un anterior (2003) cuadro de Christian Bendayán escogido como nuestra pieza del mes de enero de 2009.
Basada en fotografías del propio artífice, la composición captura la resignación y espera de un paciente terminal de SIDA en el hospital de beneficencia de Iquitos, abandonado por todos pero acompañado por la proyección fantasmática del Sagrado Corazón de Jesús exhibiendo sus sugestivas llagas. La intensidad del drama –personal y religioso– logra curiosamente acentuarse en la textura suave de las pinceladas y el predominante color mentolado que justifican el despliegue cursi de querubines sustraídos de alguna estampa infantil. Efectos que contaminan a otro lienzo paralelo (29, 2003) con la conmovedora imagen de una madre sosteniendo estoica a su hijo agonizante en el mismo establecimiento médico, en tanto cierta mariposa adorna como figura y como palabra la vestimenta que pronto será mortaja.
Pero esta pietá es al mismo tiempo un memento mori: las válvulas que regulan el flujo de oxígeno y de vida al yacente se nos ofrecen además como relojes, al exhibir por error un doble juego de agujas. Una equivocación inconsciente que refuerza en estos cuadros la carga religiosa.
Y (neo)barroca. Más allá de sus varias connotaciones adicionales –a ser exploradas en otra parte– estas telas nos insinúan las afinidades complejas que vinculan el derroche hedónico de nuestra pintura tecnotropical con la grave actitud de nuestros pintores más apocalípticos. Signos de los tiempos.
Gustavo Buntinx |