Podría, sin duda, pensarse en una asociación buscada con la efervescencia temprana de la fe hacia Sarita entre las meretrices de Lima y del Callao. Pero las relaciones que triunfan en esta yuxtaposición de cuadros son de estructura más que de asunto. En particular mediante el recurso permanente a sistemas de acumulación, de reiteración, de redundancia.
Aglomeraciones donde la presencia sofocante de lo cuantitativo aspira a una transformación también cualitativa de lo sensible. Crucial en esta pieza del mes es su opción por la serigrafía, apoyada además en la notable pericia técnica de Jorge Cabieses. El resultado logra una inquietante confusión de sentidos mediante el respeto estricto al modelo fotográfico, modificado apenas en ciertas intensidades de una luz que así dramatiza la imagen con otra pátina, por momentos casi plateada. Respeto incluso al recorte visual forzado por el primer plano con que Ryzek deliberadamente expande la presencia de los exvotos hasta el saturado borde de su toma. Un recurso que al mismo tiempo evidencia la precariedad de materiales e inscripciones cuyo modelo, sin embargo, se remonta hasta las placas señoriales antiguas.
Hay aquí un efecto sesgado de melancolía. Para una mirada histórica, política, el ínfimo y determinante punctum de este enorme (130 x 200 cm.) grabado sobre tela emerge de la inscripción que en tan solo uno de los recordatorios revela al año de 1979. Una incisión, una incisiva marca de época: las vísperas de otro cambio de década que para el Perú marcaría el ingreso a una (post)modernidad traumática.
En varios registros. Por un lado, la ambivalencia trágica de un cambio epocal que en la misma noche del 17 al 18 de mayo de 1980 marca el fin de una dictadura castrense y el comienzo de una guerra civil: los comicios que formalizan el retiro de los militares y al mismo tiempo sirven de escenario para el inicio de las violencias senderistas. Pero ese año marca también transformaciones estéticas decisivas. Para la formalidad artística, en las irrupciones del pop “achorado”, emblematizadas por las estridencias radicales del taller E.P.S. Huayco, culminantes precisamente en la imagen de Sarita pintada sobre una alfombra gigantesca de latas de leche evaporada. Para la visualidad de masas, en las ostentaciones de un desborde popular que finalmente accedería al “lujo moderno” (Piero Quijano) de las fantasías cosmopolitas mediante símiles baratos del consumismo desatado por la liberación a las importaciones. Como en los letreros semi-industriales de acrílico que en el cementerio pronto desplazarían la presencia texturada, casi telúrica, de las piedras otrora talladas.
El tránsito hacia la fascinación del oropel y de los brillos falsos. Un encandilamiento artificioso desde el que, sin embargo, se (re)construyen las emociones de la fe. Como en las mutaciones incesantes de la devoción a Sarita, cuya desaparición física, por cierto, se conmemora festivamente durante estos precisos días, cada 20 de diciembre, en interesante cercanía a los ritos de navidad. Muerte y nacimiento, sintetizados desde un culto y una cultura en renovación continua.
También en sus proyecciones eruditas, cuya magnífica expresión última es esta fría y conmovedora obra de Patrucco. Atención a la densidad adicional, aunque involuntaria, en su jerarquización artística de una fotografía olvidada pero marcante. Un rescate que, treinta años después, detiene nuestra mirada actual en la mirada histórica de Ryzek, en la del propio taller E.P.S. Huayco. Y en casi el último registro disponible de una religiosidad popular que se encontraba entonces a punto de ser irreversiblemente trastornada. Como el Perú entero.
Gustavo Buntinx
(Partes de este texto han sido tomadas del ensayo que acompañó la exposición
Barroco frío, de Pablo Patrucco, inaugurada en la galería Enlace el 8 de mayo de 2009). |