Lecturas a bordo - Vicente Razo
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Vicente Razo
 
 

Durante la Revolución, entre los múltiples problemas que el General Francisco Villa enfrentó a lo largo del territorio que recién había liberado, destacaba el de la escasez de dinero. Sus consejeros políticos se hallaban inquietos ante las posibles consecuencias que la carencia de liquidez supondría para el buen curso de la Revolución. El general Villa –gran estratega militar– resolvió el dilema con una simple maniobra: ordenó la fabricación de más dinero.¿Por qué esperar o buscar al museo, si se puede empezar uno propio? Para crear una zona autónoma, un posible espacio de poder y resistencia, lo único que se necesita es una idea.

Y así, en marzo de 1996, inauguré el Museo Salinas. Coloqué mi colección de objetos callejeros sobre Salinas en el baño de mi casa, puse un letrero en la puerta y me mandé hacer una tarjeta de presentación con la leyenda: “Vicente Razo, Director Museo Salinas”. Fue todo cuanto hizo falta para fundar un espacio autónomo.

Entonces descubrí que la respuesta a la palabra “museo” es muy parecida a aquélla de los famosos perros de Pavlov: provoca en la bestia artística una réplica condicionada, constante y fluida; una secreción intelectual usada y abusada –a manera de encantamiento– que levanta un pedestal invisible a lo que muestra gracias al artificio y poder de la palabra “museo”. El simple acto de bautizar a mi baño como museo produjo efectos mágicos: desde artistas –pasando por amas de casa y burócratas– hasta periodistas de todas nacionalidades transitaron por mi museo-baño.

Cuando fundé el Museo Salinas, tenía en mente la importancia y el rol que la institución-museo juega en la psique social. El museo puede ser visto, psicológicamente, como un filtro que regula y selecciona qué objetos o documentos de la historia migran hacia el lado consciente o articulado de la sociedad, y cuáles permanecen olvidados o despreciados, destinados a subsistir como despojos en el lado inconsciente o marginal de una sociedad.

A partir de estas reflexiones y considerando el entumecido estado de los museos mexicanos –inmersos en una agenda colonizada y elitista, con un cuerpo burocrático atrofiado y temerosos de todo fragmento de realidad que tengan que afrontar– decidí que sería un acto saludable y necesario otorgarles el espacio de un Museo a estos singulares testimonios de la historia contemporánea de México: activar estos objetos.

Mi intención principal fue registrar y atesorar un punto clave en la práctica artística nacional: preservar estas radicales obras –de belleza extrema y de existencia efímera y callejera– que, de no haber sido recolectadas, habrían sido olvidadas, destinadas al menosprecio del poder.

El Museo Salinas y su difusión funcionaron –y lo continúan haciendo a manera de mito– como una trinchera de resistencia para un ejército de bagatelas cabales y efectivas en la intriga pública y política.

Termino parafraseando a Diego Rivera cuando escribió sobre Posada: “seguramente, ningún presidente ha tenido tan mala suerte, por haber tenido como relator y justiciero de sus modos, acciones y andanzas, a los incomparables creadores de estos objetos.”

 
 
 
     
     
     
     
 
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